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De la Oruga a la Mariposa

El duelo es un proceso extenso, complejo y aunque mayoritariamente se vive a profundidades anteriormente desconocidas también se sufre a flor de piel, con toda la sensibilidad y vulnerabilidad que eso implica. Hoy vamos a dar unas pinceladas para acercarnos a este proceso, que es a priori la experiencia que más tememos como seres que aman y no quieren perder la oportunidad de seguir haciéndolo acompañados de su ser querido. Es sin duda el trance más doloroso y entraremos de la mano de tres símbolos para intentar comprender un poco más lo que está pasando: la oruga, la crisálida y la mariposa. Esta última representa al ser que finalmente surge y puede levantar el vuelo para estar con su ser querido que ya es, como decía EKR mariposa. Llevo 14 años acompañando en el duelo y he podido comprobar una y otra vez como dentro de un marco tremendamente alienante se ha podido ir más allá del sufrimiento inicial para enfrentar y salir en ese momento puntual, que jamás se vislumbra al principio, superado y enriquecido. Ofrezco esta charla, para que los que estáis en pleno proceso, lo viváis comprendiendo lo que os está pasando y para que los demás, podáis conocerlo y así acompañar a vuestros pacientes, familiares o amigos que lo estén viviendo.

Todo duelo empieza por muerte. Y aunque hoy os voy a hablar del duelo por la pérdida de un ser querido, pienso que su significado puede ampliarse, para que también haga referencia a los estados que marcan el final de una actividad o un estado físico, sentimental o material. Esto permite utilizar el termino duelo, no sólo para las situaciones que se crean a causa de la muerte de un ser querido, sino también a las que conllevan pérdidas esenciales. Cambios que desmontan, cada uno con su importancia y un alcance específico, muchas veces mayor de lo que se cree. Esto nos lleva a una realidad pocas veces reconocida, que una misma persona puede estar viviendo dos, tres, o más duelos a la vez. Cuando la vida depende de estas situaciones, su desaparición llevará a mucho dolor y una temporada en que los desbarajustes causados por la pérdida, se convertirán en el centro de esa persona, causando estrés y malestar.

Como habréis notado, el título de esta charla es altamente simbólico. A lo largo de mi trabajo de apoyo y acompañamiento, he podido comprobar una y otra vez, que cada proceso de duelo es totalmente individual. La persona que está viviendo la pérdida de su ser querido, va a tener la certeza de que el suyo es el duelo peor y más doloroso que jamás ha existido. La utilización de estas expresiones, conocidas por todos (la oruga, la crisálida y la mariposa) permite que la persona que lo está pasando, se acerque a su propio proceso y a través de estos símbolos de supervivencia, superación y transformación acceda a una perspectiva que le ayude a comprender mejor. El símbolo al ser social, evoca sentimientos y nociones universales pero a su vez también personales, que permiten una identificación con ellos. De esta manera obtenemos un significado real, más pragmático y aplicable. Su uso en este caso pretende lograr una relación más cercana con la persona y sus circunstancias, a través de sus propios significados culturales ya que su dimensión universal permite una unificación de lenguaje que acerca en vez de separar. Repasemos pues lo que pueden representar en el proceso de duelo y su superación.

El duelo comprende todo el espacio y tiempo que se va a necesitar para transformar y superar el sufrimiento causado por la muerte de un ser querido. Sus etapas son shock, sufrimiento insoportable, reconstrucción y renacimiento.
El shock es la reacción inmediata después de la pérdida, cuando la persona que lo está viviendo va a sentirse totalmente ajena a su entorno, a las actividades en las que se encuentra involuntariamente y a las personas que le rodean. Es un momento de irrealidad y de un distanciamiento casi total, que permite no tener que aguantar de golpe, todo lo que esa muerte implica.

Después del estado de shock, la oruga define la etapa de sufrimiento insoportable, que es el primer paso de un proceso evolutivo que llevará finalmente a la mariposa o renacimiento. Representa lentitud, vulnerabilidad y una visión limitada.

Es un estado carente de energía con una pérdida de ganas y capacidad para participar en la vida de manera mínimamente normal. Al principio, puede haber una falta de toma de consciencia con reacciones inesperadas y emociones totalmente desbordadas. Puede haber un abandono para con la propia persona, el entorno y las actividades cotidianas. Conlleva la sensación de pesadez, incapacidad y territorio delimitado. La imagen de la oruga, ancla a la materia y fuerza a un avance lento con una visión confinada y reducida. Podríamos identificar un estado en el que el vacío, las emociones y los pensamientos se apoderan de la persona sin que esta sea totalmente consciente de ello. Entonces, es vivida desde su sufrimiento y su eje es la pérdida con todo lo que esa ausencia está produciendo.

Al final de la fase se vivirá a caballo con la fase de reconstrucción, que empieza con los primeros gestos de autoprotección y recuperación. La crisálida es por excelencia, el lugar de la transformación, donde además de una envoltura protectora, se desarrolla el estado transitorio entre dos etapas de vida. Implícito en este proceso está el cambio de perspectiva, con una visión que va más allá del vacío y lo que no está. La crisálida representa, la construcción a través de una implicación en el propio proceso. En esta fase empieza a haber una consciencia y una voluntad para con la propia vida a través de la expresión y la búsqueda de una comprensión de lo que está pasando. De esto depende el desenlace. Es un estado de descubrimiento y utilización de los recursos que han surgido a raíz del trance casi insuperable de la muerte de esa persona que lo era todo. La elaboración de la crisálida entraña la implicación de la oruga y la necesidad de salir del letargo y la inactividad.

La mariposa representa, liberación, renacimiento y una amplitud donde antes había confinamiento.

Delimita el final del duelo y no forma parte de él excepto fugazmente como una promesa, cuando en medio del sufrimiento y la reconstrucción se vislumbran o viven momentos de esperanza, ligereza y bienestar. Estos no son más que pequeños resquicios que inspiran, regeneran aunque muchas veces proporcionan culpabilidad ante el hecho de poder estar bien cuando aún no toca. La mariposa surge cuando la pérdida material deja de ser causa de dolor y se entra en unión con el ser querido a través del amor.

Las dos primeras etapas se pisan en el sentido de que en cualquier momento de la creación de la crisálida, la oruga puede volver llevando a la inactividad, con la sensación de que toda construcción ha sido en vano. Estos momentos son los que comúnmente se llaman recaídas y que más adelante veremos, que en realidad no lo son.

El espacio y el tiempo se viven de distintas maneras en cada etapa. En la fase de shock y oruga, el espacio comprende todo lugar tanto privado como no. En la fase de crisálida habrá una separación de actividades, reservando los de duelo para espacios más personales e íntimos.

El tiempo o duración es totalmente personal y muy relativo. Algunos tendrán la fuerza, creencias u obligación (trabajo, familia, hogar…) para superar la fase de oruga en un tiempo mínimo. Otros se encontrarán en situación de poder alargarla. Pero cuando, la pérdida sobrepasa todas las capacidades de reacción y trastoca las creencias, aunque existan obligaciones, habrá una imposibilidad casi total para sobreponerse. En estos casos los deberes, aunque muchas veces apremiantes, como pueden ser el cuidado de los hijos o el mantenimiento del hogar o el trabajo, se harán de forma totalmente automática empleando el mínimo esfuerzo.

Lo que es cierto es que no existe ninguna relación entre el amor por esa persona y la duración del duelo. Más tiempo no forzosamente significa que se quería más. Como tampoco, que las personas que en menos tiempo han dejado de sufrir, quieran menos. Lo que sí afecta a la duración del proceso de duelo, es el alcance del desbarajuste no sólo emocional y mental sino pragmático, que la ausencia está causando en la propia vida de la persona y en los recursos disponibles que podrían ayudar a encontrar soluciones para salir adelante.

Solucionar es importante para dejar la fase de oruga y empezar la construcción de la crisálida. De hecho el reconocimiento de los problemas y la búsqueda de recursos ya están describiendo y determinando una vivencia desde la crisálida. Pero, cuando estos recursos se viven, como inalcanzables sin la presencia del ser querido (como por ejemplo tener que resolver y gestionar asuntos que esa persona que ya no está solucionaba y gestionaba o una merma económica importante o la pérdida de la motivación principal en una vida que ha perdido toda motivación), las soluciones se complican más y el duelo también.

Duelo crónico

Podríamos decir que en estos casos, como en muchos más entramos en una fase continuada de duelo que podríamos llamar duelo crónico. Esto puede ser más común de lo que parece y puede tener su raíz en la incapacidad de la persona por solucionar su vida, sin su ser querido, tan necesario porque lo resolvía todo. Muchas veces la aparente falta de recursos es inherente. En este caso la recuperación se hace casi imposible ya que realmente falta el elemento clave que hacía fácil una vida que ahora se enfrenta a nuevas y múltiples dificultades. Estos procesos se han llamado duelos patológicos, pero no hay patología en la prolongación indefinida de una situación de inadaptación, cuando toda una vida está a la merced de las consecuencias directas devenidas de la ausencia de la persona que solucionaba su día a día.

Distintos factores del duelo

En todo proceso existen factores que van a facilitar el duelo y otros que lo harán más difícil, potenciando aún más el sufrimiento. Para conocerlos vamos a profundizar un poco en este camino extenso, exigente pero sobre todo enriquecedor. Enriquecedor porque la persona que lo recorre está ganando en sabiduría, recursos y cualidades, aunque no sea capaz de reconocerlos en la fase de oruga y los esté utilizando, de manera inconsciente en la fase de crisálida. Esta incapacidad o inconsciencia es más común de lo que parece, ya que existe una negativa generalizada a no querer admitir que de lo peor que podía haber pasado se pueda sacar alguna ventaja, algo positivo y bueno y mucho menos si eso conlleva a una propia mejora. Estas capacidades están, pero al no ser reconocidas, caen en el desuso y con el tiempo pueden desaparecer. Entonces se vuelve a las formas de ser y hacer de antes. Esto significa una etapa prolongada de crisálida en la que la construcción para la supervivencia, a diario, puede convertirse en el modus vivendi indefinidamente.

Las características principales que acompañan el periodo de oruga son la incapacidad y la tristeza. Esto produce un estado que puede describirse como una depresión y que es el resultado de una merma energética. Tiene varias causas, entre ellas la dificultad de descansar y nutrirse. Pero la más importante y que raras veces se reconoce con facilidad, es la desaparición de la inspiración y motivación de vida.

Pero, los demás no sólo motivan e inspiran sino que son importantes fuentes de energía junto con la comida y el descanso. Cuanta más cercanía e importancia, más dependencia para ese aliento y empuje tan básicos para todo ser. Aquí hago un pequeño paréntesis, para recordar experimentos hechos en torno al cuidado de plantas, con o sin amor y los resultados que indican que el amor es un factor importantísimo en el crecimiento y la alimentación. También están los trabajos del Sr. Emoto con el agua, que demuestran cómo, palabras de gratitud, amor, alegría… cambian las cristalizaciones del agua, embelleciéndolas de forma que destacan la labor indiscutible de los sentimientos en general. Estos resultados tan visibles y aparentes indican que no se puede dudar que lo que sentimos por los demás, les nutre al igual que también nosotros somos nutridos por nuestros seres queridos.

Somos movidos y motivados por nuestras inspiraciones, que suelen venir de un objetivo, un ideal. Muchas veces la misma tarea es suficiente motivación. Pero, una de las fuentes de inspiración más importantes, pero no siempre reconocidas, suelen ser aquellas personas que más llenan el espacio emocional, mental y vital. Desafortunadamente raras veces se valora algo hasta que se pierde. Cuando esto sucede, los efectos de la pérdida se viven sin saber muy bien lo que está pasando. En estas situaciones no hay consciencia de lo que se ha perdido, pero si un gran vacío que no parece tener explicación. Esto puede añadir más desconcierto en un proceso ya altamente desconcertante.

Pero cuando sí ha habido un conocimiento de la importancia y se ha valorado, los efectos de la desaparición pueden alcanzar dimensiones de una magnitud inidentificable y el dolor de la pérdida aumentará aún más, sin posibilidad de ponerle el remedio preciso.

Otra ocasión de disminución energética importante sucede cuando la autoestima depende del aprecio y la aprobación del ser querido. Este tipo de autoestima tiende a basarse en lo que los demás piensan y no en el conocimiento real de si mismo y los valores y capacidades con los que se cuenta. Cuando el sistema educativo o formativo potencia más el conocimiento de los defectos que de las virtudes, y la búsqueda de una mejora personal carga las tintas en lo que se hace mal, existe un rechazo general a calificarse digno de admiración. De esta manera, se empieza a depender de los demás para la propia valoración y el aprecio se dictará desde fuera según los criterios del que más vive a esa persona. Cuando esa persona falta, el resultado suele ser una desaparición real del lado mejor, más útil y capaz, con consecuencias incluso en la forma de vivirse.

La oruga inconsciente

La etapa de oruga se vive mayoritariamente desde la incomprensión y confusión. La pérdida de lo que más se necesita es un hecho totalmente falto de lógica. Nunca es el momento para la partida. La persona que se ha ido, tenía que sobrevivir a sus seres queridos o por lo menos no haberse ido tan pronto. Incluso cuando esa persona sufría una condición física o mental crítica y difícil, nunca es el momento para su ida.

Entonces, el aturdimiento suele ser total, y las reacciones van a estar faltas de recursos y soluciones porque en ese momento no existen. Esta incapacidad de acción constructiva, tan necesaria para la supervivencia, lleva a una sensación casi generalizada de que uno se está volviendo loco y que está viviendo un fracaso incomprensible, con todo lo que eso implica.

Faltan los conocimientos o las facultades mentales para ir más allá del desbarajuste existencial que ha desatado la muerte de la persona que ocupaba el lugar central. Y es lógico porque se ha perdido literalmente, el centro.

Sufrimiento

El duelo en la fase de oruga se convierte en el territorio por excelencia del sufrimiento. Sufrimiento no es lo mismo que dolor. Somos seres dolientes pero cuando somos conscientes de esto y podemos vivir el dolor desde los recursos y defensas, sólo es dolor. Cuando faltan soluciones y el dolor domina, se convierte en sufrimiento. La fase de oruga deja sin respuesta ni herramientas.
Entonces, habrá sufrimiento que viene no sólo de la pérdida en sí sino de un desborde emocional y mental descontrolados, casi obsesivos. Emociones como rabia, desesperación, angustia, odio, fracaso, culpa en todas sus acepciones van a estar agrupados.

Sufrimiento también por la imposibilidad de frenar los pensamientos obsesivos y la necesidad de revivir todo a través de los recuerdos. A nivel mental, esto va a proporcionar aún más dolor. Se revivirá todo lo que podía haber tenido un lugar en el desenlace inaceptado y se recorrerá la gama total de miedos y se descubrirán muchos nuevos que antes de la pérdida eran desconocidos.
Sufrimiento por la desaparición del presente tal y como había sido hasta el momento de la pérdida, desaparición de todos los futuros y desaparición del pasado como fuente de recuerdos apacibles y positivos tornándose en vez, en un referente importante de todo lo que se hizo mal o no se hizo, como también de todo lo que ya no va a poder ser.

Sufrimiento por el daño proveniente del vacío que ha dejado la ausencia física del ser querido. Las perdidas y el vacío son tan inclusivos que todo se convierte en causa de dolor.

Las pérdidas se viven desde los cuatro cuadrantes: físico, emocional, mental y espiritual y también afectan la actividad diaria que contaba con la presencia de esa persona tanto como motivo y compañía.

El cese de las actividades cotidianas que se hacían con o motivados por esa persona que ya no está, pueden, según la importancia de su presencia, significar el cese de toda actividad. Haber vivido con y para alguien, de una forma total va a significar una muerte en vida que muchas veces en el caso de parejas que lo han compartido todo, también puede, después de algún tiempo, llevar a la muerte de la persona que se queda. Mi madre es un ejemplo ya que estaba totalmente sana, pero el vacío que dejo mi padre al irse la despojó de toda actividad y se quedó perdida sin saber a qué dedicar su vida. Tenía 86 años.
Cese del intercambio de sentimientos a profundidades que sólo se pueden vivir con pocos y que en casi todos los casos comprendían toda la gama de emociones que “hacen vida”: Amor, odio, alegría, tristeza, rabia, alivio, desconsuelo, inspiración, rechazo, atracción y muchos más. Su desaparición va a precipitar a la persona que se ha quedado sin ellos, en un desierto real sin ninguna posibilidad de ese intercambio que suponía la vida misma. No se puede imaginar una existencia desprovista de toda reciprocidad personal, la sensación es de estar sufriendo un exilio en un lugar desconocido rodeado de desconocidos.

Cese de la actividad mental con y para esa persona que ya no está. La desaparición de quizás la fuente más importante de datos, hechos y conocimientos tanto en el plano vivencial como en el teórico.

Cese del compañerismo por excelencia, tanto físico, emocional como mental y también en muchos casos espiritual, si por espiritualidad nos referimos a la dimensión trascendental de la persona, a toda la gama de inquietudes que van más allá de lo puramente intelectual. En toda unión de amor existe ese vínculo espiritual, con todo lo que significa.

Cese de creencias religiosas y/o espirituales que no han ayudado y por esta razón se han descartado.

Esto lleva a un vacío trascendental, cuando se están viviendo momentos sumamente trascendentales. Creencias que aunque insuficientes, podrían ser referentes para ubicar al ser querido en la vida en el más allá.

Cese de los inputs físicos. Los sentidos dejan de ver, oír, oler y tocar aquello que les proporcionaba placer, familiaridad y un sin fin de emociones. Con el paso del tiempo esta falta producirá un auténtico síndrome de abstinencia con todo lo que eso conlleva. La sensación de estar cada vez peor, se basa parcialmente en este echar de menos físico, con el resultante malestar proveniente de una necesidad que tiene su raíz en los hábitos adquiridos por una vivencia continuada. Cuando el cuerpo se encuentra desprovisto de lo que estaba habituado, el efecto suele ser un desequilibrio proveniente de esa falta o necesidad imperativa. Estos desajustes irán creciendo hasta que la privación continuada se vuelva normal. Entonces, el malestar físico desaparecerá del todo. Dejar de fumar o comer las cantidades de antes o incluso eliminar el café de las once pueden ayudarnos a comprender en un grado mucho menos contundente y esencial, lo que está pasando a la persona que se ha quedado sin sus habituales y apreciadas sensaciones y percepciones.

Cese de atender a todo lo que se pospuso o que se había programado. La imposibilidad de atender y/o resolver todas las asignaturas pendientes. Todo lo que no hicimos, dijimos, expresamos va a atormentar a esa persona que ya nunca más podrá darles vida. Haber dejado para mañana va a pasar una factura dolorosa de pagar.

Resumen

Para resumir, la fase de oruga va a ser vivida desde lo que ya no puede ser, con actitudes y actuaciones casi mecánicas y batallando con el desequilibrio en todos los frentes. Es una época de desesperación y llanto, por falta de recursos que el demasiado sufrir no está dejando ver.

La identificación con el ser querido es tanto, que habrá una imposibilidad de vivirse. Cuando el ser querido se va, deja en su lugar, lo que EKR llamaba oruga, entonces los que lo querían y lloran su partida se convierten en orugas hasta que a través del duelo bien hecho, pueden también convertirse en mariposa, entrando a través del amor en esas otras dimensiones donde su ser querido ya está.

Factores que dificultan aún más

Antes de hablar del estado de la crisálida, quiero que consideremos los factores que hacen aún más dificultoso el proceso de duelo. Y aunque siempre evitamos comparar un duelo con otro especialmente cuando los que lo están viviendo están presentes, hoy me perdonaréis pero se tienen que destacar, para comprender en profundidad lo que es duelo. Repito que para cada persona que lo está atravesando su duelo es el más doloroso y difícil y su sufrimiento el mayor. Normalmente los grupos de duelo se separan en por lo menos tres distintos tipos: Perdida de hijo, perdidas de pareja y perdidas vividas por gente joven, ante la muerte de un padre, un hermano, un amigo etc.

Veamos ahora los duelos que merecen un poco más de atención:

Primero está la pérdida de un hijo. Este duelo se complica por su componente anti-natural ya que lo lógico en un país industrial y avanzado tecnológicamente, es que un hijo sobreviva a sus padres. La máxima complicación es la cantidad de futuros que desaparecen. El dolor de la pérdida se repetirá cada vez que se vivan esos futuros desaparecidos a través de los otros hijos o de los hijos de los amigos
o conocidos. La lista es extensa: bodas, cumpleaños importantes, final de los estudios, ser abuelos…

La imposibilidad de entregar el testigo es un componente vital que va en contra de todo lo que los padres han estado trabajando y preparando. Pero, tener que llevar el testigo, aunque sea por mucho tiempo desgarrador finalmente se convierte en la salvación de esos padres ya que la oportunidad y responsabilidad de ser testimonio del paso de ese ser tan querido por este mundo, se tornará en su máxima inspiración y motivo de vida.

La pérdida de la pareja con quien se ha compartido muchos años, es otro duelo difícil. A más tiempo juntos, mayor dificultad para enfrentar la soledad. Muchas veces implica otras pérdidas como una merma económica, la incapacidad de solucionar problemas que antes solucionaba esa persona que ya no está, los amigos de la pareja que de pronto desaparecen, la vida familiar que se llevaba entre los dos como el cuidado de los nietos. Si el que se va es el hombre, todo lo que gestionaba, como las cuentas y las previsiones, la movilidad, salir a cenar, ir al cine… Si es la mujer, el cuidado de la casa y la logística para llevarla se hace cuesta arriba. El vacío de esa presencia perenne va a caer como una losa anulando toda capacidad de recuperación al principio. Con el paso del tiempo si esos problemas no se han solucionado, el duelo se ira dificultando cada vez más ya que el proceso de envejecimiento traerá más retos y dificultades.

Muerte por suicidio. Además del impacto de todo lo que puede significar que un ser tan querido haya optado por irse y dejar atrás toda su vida, también existe ese otro factor que no tendría que influenciar pero que, según cómo tiene su importancia y es el significado de estas muertes a nivel social y religioso. Desde mi punto de vista personal no hay culpa ni existe error ya que normalmente son situaciones que tampoco permiten opciones ni libertad de elección. Pero normalmente el apoyo y la aprobación social son necesarios y en estas muertes entran muchísimos factores que hacen mucho más cuesta arriba una transformación de lo que ha sucedido. Las culpabilidades proliferan y la pérdida de autoestima puede ser total.

Las muertes repentinas como accidentes o infartos que no permiten despedirse o por lo menos vivir los últimos momentos con el ser querido. Muertes violentas en donde la culpa la puede tener otra persona o circunstancias poco claras, con toda la movida legal y burocrática que suponen, añaden más problemas, más dificultad.

Crisálida

Si como hemos visto antes, la inconsciencia es el territorio de la oruga, en la etapa de crisálida existe una crecida de consciencia, una desaparición de la incapacidad y se adquiere un propósito y un conocimiento, no sólo de las circunstancias sino de cómo se están viviendo. Esta es la fase de los descubrimientos, altamente necesarios para la construcción que va a permitir finalmente que la mariposa nazca y emprenda su vuelo, acabando con el proceso de duelo e iniciando una nueva y más completa forma de relacionarse con el ser querido y con los familiares, amigos y conocidos en general.

Primero existe una consciencia de lo que se está viviendo y la certeza de ser el principal arquitecto del día a día. En vez de dejarse llevar por las circunstancias, se empieza a dirigirlas y dominar lo que pasa y cómo se va a pasar. La depresión cesa ya que ha habido una conquista del entorno con sus nuevas fuentes de nutrición y motivación. Se han alcanzado profundidades que permiten una comunicación más auténtica con otras personas que hablan el mismo lenguaje.
En esta fase la oportunidad que ofrecen los grupos de apoyo para relacionarse a través de compartir y comprender, ser comprendidos y apoyarse es llevada a su máxima expresión. La primera fase ya se ha cumplido y el acompañamiento es ahora más completo. Existe una necesidad de desarrollar las nuevas capacidades y una búsqueda de algo más. También puede haber el deseo de volver a disfrutar y ser felices, pero no retornando a lo que se hacía antes sino incorporando a nuevos amigos y compañeros que han tenido experiencias similares.

Hay una profundidad mayor de sentimiento y pensamiento. En esta fase, la efectividad de los pensamientos influirá en los resultados. Posiblemente, desde fuera no se note ningún cambio ya que muchas veces se harán las mismas cosas, pero lo que estará variando será la forma de hacerlas. Por ejemplo, el llanto seguirá presente para los que necesitan llorar, pero será un llanto vivido y sentido y no una descarga incontrolada, imparable que no parece tener fin.
Hay una aceptación generalizada de todo lo que está ocurriendo, no por resignación sino como el paso necesario para ponerle remedio. Se acepta el hecho de estar mal y se acepta que se pueda estar menos mal. La aceptación en esta fase, permite hacerse cargo de la realidad para poder cambiar lo que se tiene que cambiar. Pero y esto es importante, jamás se va a aceptar la muerte de ese ser, no de forma directa. En esta fase empieza un desapego hacia la necesidad de tenerlo de forma física, pero no se aceptará su muerte, ya que con el tiempo se descubre que esa persona no ha muerto, sino que vive. Vive y quizás de una forma más real y con una presencia más consolidada que cuando estaba físicamente. De hecho, ahora el acompañamiento es total y no, como muchas veces en el pasado, condicionado a la presencia de la persona.

La aceptación entonces se torna en herramienta por excelencia para corregir lo que hace falta y salir de los estados que aún hacen daño. Se acepta para dejar marchar. Sin aceptación no hay reconocimiento y sin reconocimiento lo que se enfrenta es una nebulosa inidentificable que duele. Reconocer la tristeza es significarla, se tiene que saber hasta que punto aún es necesaria y que papel juega en el momento preciso que se está viviendo. De esta manera se vivirá cuando toca y se expresará como se quiere y necesita. Se acepta para conocer.
Si no se acepta estar mal no se podrá saber en que se está traduciendo ese malestar. Se acepta que ya no se podrá hacer lo que se hacía antes para crear y encontrar nuevas actividades, se acepta que los amigos hayan cambiado y se hayan apartado, entonces se abre la puerta a nuevas amistades. Y sobre todo se acepta el cambio en todas sus acepciones para descubrir las nuevas capacidades y recursos. Y así poco a poco a través de la aceptación empieza un auto-reconocimiento para poder vivirse auténticamente.

Cuando se ha aceptado lo que no está funcionando y se le ha puesto remedio y transformado, la persona que está en plena construcción va a poder hacerse cargo del giro que ha dado su vida y reconocer las nuevas posibilidades que están a su disposición y que probablemente han estado, desde el primerísimo momento. La vivencia, tan descomunal y tremenda de la muerte de un ser querido, precipita por su magnitud, cambios igualmente importantes, pero imposibles de identificar hasta mucho después. Reconocerlos y reconocerse va a ser una tarea importantísima para que esa persona pueda entrar en las frecuencias de la autoestima, muy necesarias especialmente porque como decíamos antes, una de las fuentes de valoración y aprecio ya no está.

También el desapego hará su aparición, pero no de la forma en que se teme y evita. Jamás habrá un desapego a la importancia de ese ser. Pero el desapego se va a necesitar para sobrevivir muchas situaciones de dolor y muchas actitudes de los demás que pueden incluso añadir más dolor.

El desapego en el sentido útil para el proceso de duelo, es aquella actitud o sentimiento que proporciona una manera de relacionarse con las propias ideas y emociones, con personas y con las circunstancias y el entorno, de manera que todo eso no domine, y pueda, a su vez, ser dirigido. En este caso el desapego permite relacionarse con todo, sin que eso pueda dañar o causar más preocupación.

El desapego y la concienciación de su utilidad especialmente ante situaciones de IDA, que en esta etapa y debido a la negación de poder ser felices empezarán a abundar, será una herramienta de gran utilidad. IDA (Impuesto de Dolor Añadido) representa todos los dolores que no tienen que ver directamente con el duelo, pero que muchas veces suelen ser fomentados por la necesidad de no dejar de doler. Pensar que estamos queriendo menos a esa persona si no sentimos dolor continuado o peor aún tenemos momentos de alegría y disfrute, puede impulsarnos a seguir estando mal y pagar cada vez más IDA.

Los dolores que no tienen que ver con la pérdida, obstaculizan el camino de la recuperación. Incluso el comentario de una persona poco importante, puede ser la leña que se añade al fuego para seguir estando mal. La no recuperación en este sentido se convierte en la constatación de que esa persona que ya no está de forma física, ha sido algo excepcional y de tanta importancia, que su muerte ha precipitado una situación que jamás se va a superar.

No cabe la menor duda que lo era y que sigue siéndolo, pero se tiene que dejar de pagar IDA, ya que en esta etapa se puede empezar a significar esa excepcionalidad a través del enriquecimiento que su presencia supuso y sigue suponiendo y no a través de la cantidad de dolor creada. Ahora toca agradecer haberle conocido y haber podido compartir todas las maravillas de su ser.

También existe el testigo simbólico pero muy real, que ayudará a ese renacimiento como mariposa y que fue entregado cuando esa persona dejó, además del testimonio de su paso por este mundo, a sus seres queridos.

En esta etapa se es consciente de este hecho y se suele estar a la altura de la situación, incluso utilizándolo como un aliciente más para poder seguir adelante.
El desapego, que tiene muy mala prensa puede convertirse en un gran aliado ya que proporciona la distancia adecuada para poder ver las cosas y la vida en general, desde una perspectiva más vital que destructiva. Las situaciones de gravedad y crisis, engullen y fuerzan a implicarse y vivir sus efectos devastadores. A través del desapego se presenta la posibilidad de mentalmente dar unos pasos hacia atrás y ver la totalidad de lo que es, y así conseguir otra visión no tan avasallante. Ese momento de respiro de la demasiada cercanía suele otorgar otra manera de estar con el dolor, de forma que se consigue minimizar el sufrimiento.

El desapego proporciona la serenidad para conocerse y conocer lo que es dañino, facilitando el acceso a herramientas y actitudes que protegen del dolor constante. Cuando ya ha pasado el tiempo necesario y los primeros dolores disminuyen, se puede a través de una actitud desapegada, identificar y reconocer las circunstancias que siguen siendo motivo para más sufrimiento: personas, miedos, actividades, temas, etc. Y a través de este reconocimiento impedir que sigan haciendo daño. En todo caso el desapego permite ver venir y así prepararse para una respuesta adecuada a las exigencias personales de cada uno.
Muchas veces sólo falta eso, unos momentos de distanciamiento y descanso para armarse de valor y poder vivir la situación de otra manera, y no tan dominada por todo el daño que está haciendo.

La recta final de la crisálida permite el desapego pero necesita otros factores que ayudarán a dar salida a todo el potencial que por las circunstancias que hemos visto aún no podían formar una parte práctica de la persona que está en duelo.
Entre ellas quiero destacar la valentía, la esperanza la autoestima y un buen sistema de creencias.

El duelo gira en torno a finales, a realidades que ya no pueden ser, a pérdidas, a ausencia. Es un periodo, en el que la persona que lo está viviendo va a tener que significar y sanar las áreas que, con la ausencia del ser querido han dejado de existir en su día a día. Es entonces un periodo que tiene como eje lo que no es. Y como lo que podía ser también ha desaparecido se va a necesitar una dosis muy fuerte de esperanza. La esperanza es por excelencia lo que hace posible incursiones en el mundo de lo intocable, imprevisible e inimaginable.

La palabra esperanza, quizás evoque reacciones de rechazo debidas a la identificación con algún sistema de creencias religioso, que, en el momento tan importante de la muerte del ser querido, puede haber defraudado, llevando al rechazo de esas creencias. Pero la esperanza no es propiedad de ninguna religión sino la puerta que lleva a posibilidades jamás imaginadas. Entonces se podrá utilizar esta actitud de apertura total para salir de lo doloroso y conocido y apuntar a un desenlace inesperado.

Esperanza significa sembrar y saber que habrá una cosecha que y esto es importante, incluso puede ser inmediata. Para entrar en la dinámica de la esperanza se necesita una dosis fuerte de confianza. Confiar en la vida y en uno mismo va a ser la puerta que podrá llevar a la sanación total de las heridas causadas por la pérdida de todo lo que fue, ya que va a permitir enfocar lo que aún no es pero que puede ser. Y en realidad no será necesario esperar mucho para la recolecta ya que cada uno tiene todo lo necesario en su interior, todos los futuros en potencia, y lo único que podrá abrir la puerta a ese tesoro será la confianza de que es así.

Entonces sólo se necesita aceptar a la nueva persona que ha emergido de las cenizas. Este paso puede ser el más difícil, ¡aceptar todo lo bueno que ha sido el resultado de lo peor que podía pasar! Pero es y está a sólo un momento de la negativa de ver. La cosecha entonces, es la misma persona con su larga lista de capacidades que antes no se conocían.

Estaban en la sombra, que por muy oscura que parezca, no se refiere al lado negativo y no deseado de la persona. La sombra comprende todo lo que no se reconoce. En ella pueden estar todas las cualidades que se están negando: la belleza, la inteligencia, la generosidad, la honestidad y más. Todos los valores que no se consideran partes de esa persona.

La pérdida trae experiencias totalmente nuevas, que apartan de todo lo conocido y familiar precipitando en picado a ese lado ignorado. El enfrentamiento con dolores que jamás se habían sentido dan lugar a nuevos y mejores recursos que no se conocían. Están y llegará el momento en que se van a aceptar y utilizar ya que sin ellos no habría superación.

Y de esta manera a veces tan en contra de la propia voluntad, afloran nuevas herramientas, sentimientos y formas de ver el mundo. De pronto se accede a áreas que parecían haber desaparecido y a nuevas maneras de comunicarse desde el corazón. Por un lado se vive el rechazo por amigos y familiares que no comparten el cambio que la pérdida a causado y por otro, se empieza a compartir con personas que también han pasado por experiencias similares y que pueden comprender, enriquecer y ser enriquecidas a niveles antes jamás alcanzados.
Este nuevo territorio, es el propicio para que nazca otra forma de vivirse. Nuevas creencias, nuevas motivaciones y la aparición de una autoestima real que a su vez abrirá la puerta para que el duelo llegue a su final y surja la mariposa.
El factor que realmente marca la diferencia es la presencia de unas creencias más a la altura de todo lo que se ha vivido, creencias transformadoras, inspiradoras y sólidas. Estas permitirán entre otras cosas ubicar al ser querido y saber que está bien.

Finalmente llegamos al estado de mariposa que como hemos dicho, no pertenece al proceso de duelo sino que marca su fin.

La mariposa

Todo proceso de duelo tiene en potencia el reconocimiento del nuevo ser que se ha estado gestando a través de una superación tras otra y de su propia reconstrucción.

Las características de este “nuevo” ser son muchas, pero son personales. Aquí no quisiera destacar ninguna ya que lo que importa es el proceso y el cambio. Existe una diferencia importante entre la persona antes de la pérdida y la que finalmente se ha transformado para estar a la altura de ese ser que ya no está de forma física. Pero el cambio no tiene parámetros identificables en sí, sino en comparación con lo que era antes. Vuelvo a repetir, cada persona las marca, La condición es la metamorfosis y no la presencia de unos valores específicos. Esto es importante ya que definiciones y etiquetas limitan y apartan.

Al igual que existen miles de especies de mariposa en el mundo, también la persona que emerge al final del proceso será distinta e imposible de comparar con otras.

Lo que si es común es una tolerancia mayor ante una cantidad más numerosa de actitudes y hechos. Como también una compasión más profunda y sentida y una confianza hacia la vida y lo que significa. Habrán también nuevos grados de sensibilidad y seguridad en si mismo.

La fase de mariposa que marca el final del tiempo, se alcanza cuando se ha podido prescindir de los futuros que ya no podrán ser, liberándose de la carga emotiva del pasado y el rechazo del presente. Finalmente se ha podido soltar todo lastre y a través de la ligereza se entra de forma permanente en la eternidad del ahora, viviendo cada momento como un regalo desde donde no existe el tiempo. En esta fase se entra en la intemporalidad de manos del ser querido que ya está, como también se entra en el mundo de las causalidades y la sincronicidad, viviendo cada momento con el conocimiento del para qué.

El factor más importante es la simbiosis con el ser querido. Las nuevas cotas de profundidad, suelen llevar a correspondientes niveles de elevación, de forma que el mundo material con sus fronteras claras y específicas, deja de tener la importancia que se le había otorgado y de pronto se estará viviendo de forma real e incuestionable toda la gama de mundos invisibles desde los sentimientos más profundos hasta las dimensiones más sutiles en donde ya se sabe a ciencia cierta que se convive en unión total con el ser querido. Entonces, la vida cotidiana se convierte en un canto a todo el potencial que encierra y el día a día una creación personal.

Anji Carmelo
(Escritora de libros de duelo y autora -entre otros- de "Dejame llorar")